Más o menos por los noventa, empezamos a leer a Louis Althusser en la facultad.
Yo no lo conocía, en realidad, lo empecé a leer gracias a él. Por ese entonces, no entendía nada de filosofía y menos aún de filosofía política. Y él siempre tan idealista, con esas ideas ingenuas de la equidad, y los pobres al poder y qué se yo.
Más o menos por los noventa, Althusser se murió de un infarto. Había tenido una historia horrible, internado en un neuropsiquiátrico por haber estrangulado a su esposa Heléne. Yo leí “El porvenir es largo” y me temblaron las piernas. El tipo dedicó páginas y páginas a explicar que él no era ningún loco, que lo hizo en plena conciencia de sus actos y que se merecía ser enjuiciado como una persona normal.
También, más o menos por esa época, nos separamos.
Ahí fue cuando empecé a no poder dormir. Lo extrañaba. Sentía que me dolía todo, desde las uñas de los pies hasta el pelo. Daba vueltas en la cama hasta cualquier hora, me distraía mirando los regadores automáticos del jardín, o buscando dibujitos en las vetas de la madera del techo de mi habitación. Y ahí fue cuando dejé la facultad, porque no podía pensar bien.
Me citó en el mismo bar de hace diez años. Se lo hice notar cuando me llamó por teléfono, pero no se acordaba.
Cuando yo llegué, él estaba sentado de espaldas a la puerta. Parecía inquieto, hacía no sé qué con el sobrecito de azúcar.
Me senté y lo miré fijo para ver si estaba tan furioso como creía que iba a estarlo. Tenía los ojos tristes y a mí me puso triste pensar que era por mi culpa.
“Pensás darme alguna explicación?” me dijo, sin levantar los ojos del pocillo. No me miraba y a mí me dieron ganas de llorar. Empezó a hacer taptaptaptap con la cucharita, impaciente.
Le dije “Qué pasa? Ahora tenés ganas de estrangularme? Igual que Althusser?” Se rió y me dijo“No puedo creer que todavía te acuerdes de eso”.
Menos mal que se rió. Yo todavía pienso que tiene la sonrisa más linda del mundo.
Le saqué la cucharita de la mano y lo obligué a que me mire, tironeándole la manga de la camisa.
“Sos una mierda. Lo hiciste de nuevo. Eso de aparecer en mi vida, desordenarla e irte. Encima, me expones, me haces leer tu versión de la historia como si fuera una espectadora... La que necesita explicaciones, soy yo.” Lo solté, porque me pareció que lo estaba agarrando demasiado fuerte. "Yo no te hago leer nada" dijo el.
Cuando empecé a llorar, se sentó en la silla que estaba a mi lado, y me explico. “Estoy tratando de ordenar lo que me pasa, lo escribo y eso me ayuda. No me di cuenta que podías sentirte mal”. “Como una telecomedia?” dije yo. Empezó a buscar en los bolsillos del saco un carilina, y sin querer, tiro al piso esos servilleteros de aluminio. Todo el bar nos miro, un poco porque yo lloraba y un poco por el ruido del servilletero. Ahora me reí yo. “Torpe, siempre tan torpe, no cambias mas…”
Que se yo, después ya me olvidé porque estaba enojada. Hasta se hizo el que no se dio cuenta cuando se paró para ir al baño y yo le robé la servilleta de papel que había estado dibujando mientras hablábamos.
Nos despedimos en el semáforo de la esquina. Le pregunté si lo podía abrazar y me dejó. Me dio un beso en la cabeza y dijo bajito “Chau, Lauri”. Me quedé mirándolo mientras se tomaba un taxi.